Miedo al fin

Y de repente oía el cantar de los pájaros, el roce del aire en la crecida siembra, lo oía  lejos, cerca. Como el sonido del tren en los días de lluvia en los que el sonido del roce de sus ruedas con la vía podía traspasar distancias enormes y oírse tan cerca como lejos al mismo tiempo. Apenas hacía unos minutos que lo acababa de dejar y ahora se encontraba de nuevo de vuelta, segura y tranquila de lo que estaba haciendo, seguir al corazón.  Se levanto al oírlo  despertar y comenzó a caminar lenta, cerro su libro, releyéndolo mentalmente.  Lo cierto es que sus lecturas la evadían del espacio, la alejaban de todo lo que ocurría a su alrededor. Leía y releía, como si quisiera aprender de memoria cada reglón, cada fecha, cada mínima señal trasformada en letras. Lo hacia a cada minuto sintiéndose libre y segura de lo que allí había escrito. Ella  temía que todo eso se desvaneciera, se borrara, cayera en el olvido. Allí estaba todo, lo que callaba, lo que sentía, lo que gritaba. Las palabras se lo decían todo, a ella, a él. Cansada volvió a casa, era tarde y estaba sola, se sentía sola, asique se sentó y se puso a escribirle. Esta vez le contaba una bella historia, le hablaba de un nuevo personaje, una trama, le contaba historias de otras vidas, mitad imaginadas, mitad reales, de  otros lugares, con otra luz, de quizás otra época. Crear para ella lo era todo, era vivir libre. Sin darse cuenta veía como las horas de su reloj habían acabado de nuevo con otro día. Era su único modo de expresar, de comunicar con el exterior, de no volverse loca entre sus pensamientos. Sentía que era su única forma de hacerle llegar todo lo que sentía.
Sus ganas de escribir comenzaron un día y desde entonces nada parecía tener final, porque para ella solo existía un principio. Escribía  de noche todo lo que la pasaba, ocurría, sentía. Lo hacía inconscientemente por impulsos que no podía frenar. De forma sencilla, inquieta, constante, sorprendente, atenta, enérgica, dulce y cautivadora dejaba día tras día huella en aquel papel con el único interés de que la leyera aquel que apenas sin palabras no podía frenarla.
Desde ya no sabe cuanto, cada día y sin aparente fin, él miraba en su buzón, pues en él encontraba cada amanecer envuelto en un precioso papel rosado, un papel mojado en palabras de alguien desconocido. Pues cada papel llegaba más que con una simple firma. Ese destinatario soñaba por conocerla un día. Él soñaba con encontrarla, la imaginaba cada día igual que las descripciones que ella hacia de sus personajes. Unos días, era una mujer fuerte, otros una débil, unas veces rubia y otras con pelo corto y tez clara. Por descubrirla dormía muchas noches cerca de aquel banco, junto al buzón, intentando a cada intento permanecer despierto, no dormir y ver como ella dejaba caer su precioso y rosado envoltorio dentro de su buzón, aquel que le traería de nuevo oculto una nueva historia a una nueva mujer. Aquel día ya no podía más, esa misma noche la esperaría allí sentado pero ya no para soñarla más, sino para descubrir su verdadera cara, pues había conseguido que con sus letras él soñara cada día por escribir junto a ella ese final que siempre dejaba sin acabar, en aquel papel mojado.
Ese día amaneció muy temprano, fue oír el cantar de un pajarillo y la brisa rozando la crecida siembra cuando logro abrir sus ojos, finalmente se había dormido una vez más. Miro al frente y por fin, la descubrió, pero no pudo más que dejarla alejarse, por su inminente miedo al fin. Sara ct

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *