Hoy nadie me silencia.

TEXTO SOBRE VIOLENCIA DE GENERO “NO ME SILENCIES, ESCÚCHAME”
Hoy nada me silencia, hoy después de mucho tiempo voy a hablar, de mí, de un mí en el que se esconden muchas voces. Hoy nadie bajará el volumen de esta rabia contenida que desde niña me persigue, por ser mujer, hija, madre y amiga; observadora y víctima de violencia en primera, segunda y tercera persona, del singular y del plural también,  portadora del miedo que la huella de algunos hombres me han dejado, observadora de la mirada que deja el violento en su víctima, esa llena de miedo.
Y yo que fui educada en el machismo, ese que rodeaba mi infancia, fui creciendo ahogada por él, sin llegar a entenderlo nunca, y luchando cada nuevo día por descubrir que mal hicimos, hacemos y hacen las mujeres para merecer un castigo así, pensando quién puede creerse tan importante en la vida de otro, como para poner fin a su vida con sus propias manos.
He tentado la suerte muchas veces, pero es imposible escapar, están por todas partes, nos tienen rodeadas, su miedo nos persigue, en casa, por la calle, en los libros, en la televisión, en la foto de una revista que nos vende no como mujeres, sino como puros objetos. Están tras la barra de un bar, a tu lado mirándote con alas de superioridad, a tu espalda lanzándote un piropo grosero y mal educado, frente a ti, cuando no te miran, te ignoran, no les interesa tu conversación. Están por todas partes robándonos la valía, acortándonos la respiración. Y ante todo esto, yo me pregunto, dónde está ese antídoto que frene, que logre acabar con esta lacra que arrastra vidas y no propias, sino las de otras, las nuestras, de esas a las que supuestamente quieren, aman, a las que prometieron proteger, respetar y que de forma libre conviven bajo un mismo techo, de esas a las que se las debe igualdad, simplemente porque son, somos iguales. 
Cómo hablar de justicia, de igualdad, no existe, aún nos rodea el miedo, nos educan en la inseguridad y en la autolimitación y aún a un mismo tiempo en la idea de confianza sobre los hombres, que contradictorio, que dañino. Aún tenemos que explicarle a nuestras hijas la idea de que por ser mujer, tendrán que protegerse toda su vida, que por mucho que lo intenten se chocarán con ese techo de cristal que las dirá: -lo siento tú solo hasta aquí puedes, que no podrán vestirse como quiera, pues eso hará que la juzguen, incluso la digan que va provocando.  Cómo educar a esos niños con la igualdad que se merecen, visualizar lo invisible, cómo romper con esa idea, esa imagen de desequilibrio de géneros, de límites en nuestras fuerzas y logros, cómo, si hasta hace muy poco podíamos leer en los diccionarios la definición de mujer como sinónimo de inferioridad ante el hombre, descritas como las sumisas ante lo masculino, sumidas en miles de mitos falsos que se nos inculcan como si de un padre nuestro se tratase, haciendo creer a muchos que solo somos meras portadoras de la vida, siempre al servicio del hombre. 

Hoy confesaré que he conocido la cara del violento, que he sentido el miedo, he tenido la cara desfigurada y lo que más dolió no fue su larga cura y fase de desvanecimiento, lo peor fue ocultarlo, mentirme, mentirle a todos haciéndolos creer que en realidad era más torpe de lo que hasta ahora había sido. He disfrazado lágrimas por sonrisas. He sentido el pánico y no viendo una película de miedo. He sentido el terror del sonido de unas llaves, el ahogo de un encierro, la mirada culpabilizadora, el golpe de un cállate!, mojado por el sabor de la sangre, la propia. He vivido la lejanía de los míos porque según él no eran buenos, su amor era dañino, los amigos vi marcharse, pues poco a poco fueron siendo malas compañías y mi tiempo no podía ser gastado en ellos. Durante mucho tiempo me he sentido nada, desvalorada, todo esfuerzo siempre era poco, inferior a sus logros, inferior a su poder sobre mí, viendo como poco a poco se iba haciendo más fuerte, más poderoso, más simpático y agradable con el resto, con todos, menos conmigo. He sido la testigo número uno de su rápido aprendizaje en esto de causar dolor, cada día pegaba más fuerte y las marcas se iban haciendo cada día más invisibles, disminuyendo mi posibilidad de pedida de ayuda o de testimonio visual, dejándome cada día sin voz que justificará nada. Era perfecto para todos, y yo, yo no era nada. Me ganó, he de decirlo, durante un tiempo deje de gritar, me acostumbre a sus golpes, a sus múltiples desprecios, agoté mis lagrimas, quedé sin voz, y me castigó con el peor de sus castigos, el silencio, la ignorancia, la inexistencia de vida en la vida de otro. Pero olvidó que tras su batalla vendría la mía, porque no supo robarme la fuerza, la esperanza, las salidas, esas que hoy  pude convertir en palabra, en realidad, porque en ellas hoy existe la libertad. 

He visto la cara de la violencia desde muchos ángulos, sus muchos perfiles, en múltiples ocasiones, conocedora de su invisibilidad para muchos, sobre todo para los que la ejercen. He llegado a escuchar a un maltratador criticar a otro, prejuiciar comportamientos idénticos a los que él ejerce. He vivido tanto que hoy no quiero silenciar lo que durante tanto tiempo llevo callando, lo que vi y veo, por lo que sentí y sigo sintiendo, impotencia. Hoy quiero gritarlo, sacarlo, hablarlo, escribirlo, puede que me ayude a romper con la culpa, y que os voy a contar sobre ella, la culpa, la maldita culpa, la verdad es que no sé como lo hacen, cómo consiguen dar la vuelta y hacernos sentir las culpables, merecedoras de su castigo, con sus múltiples formas de mostrarlo, esa que va poco a poco aumentando de peso, ella es la que no nos deja ver la realidad de todo lo que nos rodea y nos hace tanto daño. Pero nadie contaba con el tiempo, ese que dicen que va poniendo cada cosa en su sitio, ¡Ay amigo!, con el tiempo descubrí que esa carga pesada no era mía, que yo no hice nada, nada más que vestir de mujer mis días, hacer y sentir la vida vista desde la libertad que me es dada por el simple hecho de ser. Fue ese mismo espacio de tiempo el que me distanció de ti, y pude ver lo que eres, que no en lo que te has convertido, porque uno no se convierte, uno es. Cuanto más fuerte te hacías, yo a mi modo también, estudiando cada detalle, observando tus límites, atenta siempre a tus silencios aprendí, ya no escuchaba tus gritos, me empezaron a dar igual tus exigencias, tus amenazas, comencé a esquivar golpes, a dejarte ver ante otros con tu verdadera cara, deje de verte como alguien que me amaba, deje de perdonarte, de amarte.  Ves, yo también fui aprendiendo contigo, creciendo y un día sin más te lance la culpa, toda era tuya, en ella metí todo el daño causado, ese daño que queriendo me hiciste sentir. En ese instante la culpa, la rabia, el odio, mis miedos cayeron de tu lado, derrumbando tu altura, dejándonos iguales, cara a cara, víctima y verdugo desnudos por primera vez, consciente de que jamás callarán esta voz que hoy grita con palabras, jamás destruirás ni una de mis palabras con tus ridículas amenazas, hoy gano yo, dejándote al descubierto, visibilizando tu daño, rompiendo con él, dejándolo escrito aquí. 
 Mujeres que nadie os deje sin voz, pues nada callará la palabra.        Sara y. 29 de septiembre 2016

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