Adiós

Dicen que crecer es aprender a decir adiós.
Pero no un hasta luego, un quizás, un a lo mejor. Es una despedida sin retorno, sin vuelta atrás.
Es un adiós sonoro, con tilde y con punto final. Y es que nos cuesta mucho poner punto final, con lo fácil que son los puntos suspensivos…

Dejar las cosas en stand by, por si acaso. Que decir adiós son palabras mayores. Llegar a una posición de no retorno nos angustia, nos enfrenta a un horizonte de posibilidades donde a lo que dijimos adiós, ya no estará más.
Un adiós de los que retumban en el alma. Esos son los que duelen.
Yo nunca me atrevía a decir adiós. Y no hacerlo es dejar una ventana abierta al dolor, a la desilusión y al desencanto. La esperanza es lo último que se pierde, pero si la causa está perdida, es mejor dejar ir, respirar hondo, y soltar.
Rodéate de gente que también aprendió a decir adiós, porque con ellos tendrás la certeza de su amistad. Han sufrido, han llorado, y han dejado ir. Saben lo que quieren, y lo que es más bonito, te quieren a su lado. Con tus rarezas, con tus manías, pero te quieren a su lado.
Cuando aprendas a decir adiós, construirás relaciones verdaderas y enriquecedoras
El miedo a la soledad a veces nos empuja a poner puntos suspensivos. A decir hasta luego en vez de un no quiero verte más. Pero esa soledad es necesaria para saber a quién necesitas a tu alrededor.
Quizá por eso mantenemos relaciones a lo largo de nuestra vida que ni aportan, ni te hacen crecer, ni te completan. Lo peor que te puede pasar es vivir rodeado de gente, y sentirte solo. Con tanto ruido, los sentimientos los escuchas con interferencias, como si se tratase de una radio vieja mal sintonizada.
Aprende a decir adiós. Libérate de esas cadenas y haz espacio para nuevos recibimientos. Porque como bien dice el maestro Sabina; “Para decir con Dios, a los dos nos sobran los motivos”.

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